Tuve un novio que quería que en todo momento dijera algo. Después de cada beso, después de cada encuentro, después de cada día. Que le dijera que me encantaba, que lo quería o, simplemente, cuáles eran las mil cosas que me gustaban de él. Yo no lo hacía, así que me llamaba «mudita». Me lo llamaba sonriendo, mientras me abrazaba o me acercaba la cara a su boca, así que en ese instante yo sonreía un poco, bajaba la mirada de vergüenza y decía en un susurro que sí, que yo hablaba poco. Porque que yo hablaba poco me lo llevaba diciendo toda la vida casi todo el mundo que había pasado un tiempo a mi alrededor.
Luego, cuando volvía a casa o cuando de repente me venía el pensamiento a la cabeza, me daba cuenta de que me molestaba un poco que me llamara mudita. Yo en realidad sí hablaba, sabía que me costaba mucho al principio, pero de hecho había gente con la que, si enseguida me transmitía comodidad y confianza, podía pasarme horas hablando sin parar. El problema es que yo creía que con él también estaba cómoda, que tenía confianza en él, y seguía sin poder decirle en cada segundo que lo más me gustaban de él eran sus ojos, su barba o lo que fuera. Claro que llegó un día que comprendí que en realidad ni estaba cómoda ni confiaba mucho en él. Que simplemente él se dedicaba a repetirme una y otra vez que podía estar cómoda y podía confiar en él. Que él lo hacía conmigo, cómo no iba a ser también al revés.
A veces me escribía mensajes que pretendían tener un romanticismo que, supongo, hicieran que me enamorase completa y absolutamente de él, hasta el punto de no querer separarnos jamás. Ese no era para nada mi estilo y yo no le correspondía con los mismos mensajes. Pero por un tiempo los suyos funcionaron. En aquel momento yo no sabía mucho de relaciones —no sabía nada— y estaba más asombrada por el hecho de que pudiera gustar a alguien, o incluso ser querida por él, que preocupada por estudiar el fondo y significado de lo que me decía. Hasta el día que, tras decirle que le quería o alguna tontería así, me contestó que no valía con decirlo, sino que había que demostrarlo.
Su estrategia era la siguiente: nos veíamos una vez, todo era maravilloso, y al día siguiente pasaba a ignorarme por completo hasta el momento (días más tarde) que a él le apeteciera acordarse de mí. Entonces yo le preguntaba si le pasaba algo conmigo y él me respondía que no, que qué tontería era esa, que por qué lo pensaba. Que quedáramos un día y ya vería yo cómo no le pasaba nada conmigo. Después cancelaba varias veces —y en el último momento— la cita y me decía que no me enfadara, que es que le había surgido no sé qué y no lo podía cambiar, que no era culpa suya, que lo entendiera, que sobre todo no me enfadara con él. Yo lloraba un rato y me repetía una y otra vez que tenía que hablar de todo esto con él, que yo no podía seguir así, con todo lo que estaba sufriendo por él y por las ochocientas mil cosas más por las que estaba pasando en ese momento.
Pero entonces quedábamos, le intentaba hablar del tema y vuelta a lo mismo: que no, que qué tontería era esa, que por qué lo pensaba. Que mira cómo me besaba y cómo me metía mano, ¿por qué iba a hacerlo si no me quisiera, si no pensara que yo era maravillosa, la chica más especial que había conocido y con la que quería pasar el resto de su vida? ¿Quería yo pasar también el resto de mi vida con él? Ahí yo volvía a no decir nada, a ser mudita, pero esta vez porque tenía muy clara la respuesta: así no. Y llegaba a un punto en que me planteaba si de cualquier otra manera tampoco. Porque al día siguiente —días siguientes— de decirme todo eso, volvía a ignorarme, al principio. ¿Acaso me demostraba él algo de lo que decía? Por suerte me cansé de aguantar.
Sin embargo, lo que llevo peor de todo esto es que yo no fui verdaderamente consciente de lo mucho que me molestaba que me llamara mudita hasta que tuve otra relación. Una en la que, desde el comienzo, apenas nos decíamos nada y nos demostrábamos mucho. Y cuando nos dijimos algo, yo ya tenía claro que él me quería y yo lo quería. Estaba cómoda y confiaba en él. Pocas veces nos decíamos cosas pero pocas veces estuvimos en silencio.