miércoles, 21 de diciembre de 2016

La vida de las mujeres

«La primavera revelaba las distancias tal como eran.» Siempre me gustó mucho esa frase, y durante muchos años de mi vida estuve marcada por ella. Desde que la leí en La vida de las mujeres, de Alice Munro, no sé muy bien cuándo, quizá allá en 2012 ó 2013. Sé que entonces se acercaba la primavera, pero que todavía no había llegado. El caso es que cada año, cuando iba a venir la estación, yo recordaba la frase y se me repetía una y otra vez en la cabeza. Todos los días, al ir en tren a la universidad, a la hora de la comida, al ver la foto de alguien en Facebook. No siempre tenía que ver con algo en concreto, a veces simplemente se colaba en mi mente sin más.
Otras veces sí tenía más sentido, y coincidía con momentos en los que personas se alejaban de mí, aunque luego volvieran. Hasta que dejé a mi primer novio, una primavera, con la frase resonando en mi cabeza según me acercaba más y más a mi decisión. Y esa vez sí que tuvo sentido y creo que, por primera vez, la comprendí a la perfección, sacada por completo de su contexto, que ya ni siquiera recuerdo el que era. Pero era verdad, era así. La primavera revelaba las distancias tal como eran. Y yo me alegré de que lo hiciera, porque gracias a ella, a las flores, a la lluvia, a los rayos de sol que empiezan a hacer que te asomes por la ventana a sentir el calor en la cara, me di cuenta de que la distancia que había entre nosotros no era física —que no había tanta— sino mucho más que eso. Me hicieron ver que yo lo que quería era otra cosa: llenar mi casa de flores, saltar encima de charcos, notar el sol en mi cara. Y quería ser libre y no sentir continuamente que alguien me estaba aplastando.
La primavera revelaba las distancias tal como eran, pero la primavera que dejé a mi primer novio también me enseñó mucho más.